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jueves, 30 de mayo de 2013

Amor emético

Amor emético

Raquel entró al restaurant sonriente y radiante.  Era un reencuentro, en San Valentín, con sus antiguas compañeras, a quienes no veía desde su matrimonio, nueve meses atrás.  Una sola mirada bastó para saber que el hombre hundido en los brazos de su amiga era Joaquín, su amante y fiel esposo.  El que hacía revolotear las mariposas en su abdomen.  Ella lo presentó como su futura pareja ante la mirada atónita de Raquel y la respiración contenida de Joaquín.  Y de pronto, ante la mirada sorprendida de sus amigas y el espanto del maitre, hizo una gran arcada y comenzó a expulsar un vómito amarillo que no caía…  ¡volaba!  Entre arcadas y oleadas de mariposas amarillas que manaban sin control de su boca, escapó del lugar y corrió calle abajo.  La ciudad fue declarada en emergencia: en solo minutos, millares de mariposas amarillas plagaban los jardines, las casas y oficinas.  ¡Era San Valentín y a Raquel el amor le daba asco!



sábado, 13 de abril de 2013

Eulalio


Eulalio

Conocí a un hombre. O lo que creí que lo era (con el tiempo pude notar que apenas era la sombra de uno). Siempre me movió a risa su necesidad de destacar el título profesional que ostentaba; en la oficina a todos –sin excepción- nos abordaban la risa y la lástima al ver aquella constante demostración pública de necesidad de reconocimiento no vinculado a su persona sino a un papel, al título de una profesión que, dicho sea de paso, no ejercía ni de oficio. Por esta razón se hacía difícil comprender esa dicotomía entre el “soy tal cosa” y el “mírenme como no ejerzo la tal cosa que soy”. Al tiempo lo entendí: la persona que era Eulalio tan poco tenía para ofrecer, que se postulaba en todo espacio público y privado, ostentando el título que había logrado no por puro mérito propio, sino por “recostarse” oportunamente de una amiga que “lo graduó”. Un buen día se descubrió por completo su pusilanimidad y capacidad rastrera. Justo en esa fecha pude agradecer con absoluto convencimiento el hecho de que se jactara tanto de su profesión –la que sólo le servía como tema de conversación en reuniones de equipo, pero muy poco para su ejercicio profesional- , pues pude ver cuán distante estaba de llamarse docente y cuán a salvo estaba yo de llamarlo ¡colega!... ¡Toda una bendición!

Vuelo sobrenatural


Vuelo sobrenatural

Julián recibió el día con mucho entusiasmo. De repente sintió que podía alcanzar el cielo y se dijo que así sería… ¡hoy el cielo era el límite!

Su entusiasmo era admirable y todos lo veían con una mezcla de miedo, curiosidad y asombro cuando tomó un súbito impulso y se empinó, con todas sus fuerzas, para lograr su objetivo. 

¡Fue un salto perfecto!: en un momento sintió cómo el aire tocaba su piel; lo embargó un extraño ahogo y una sensación de libertad y tristeza que nunca antes había sentido. En la pecera aún se habla de Julián, el pez dorado que voló en una fría mañana de enero, fuera del pequeño estanque. Ninguno –excepto Lucy, la vieja y taciturna tortuguita- vio su agonía de media hora, al pie del alto mueble donde se asienta aquel mundillo acuático. Y Lucy adora las leyendas.

Un día especial


Un día especial


La mañana del siete de enero prometía un día diferente. Así pensó Leticia al preparar su vuelo matinal. Y, de hecho, así fue, pero no como ella lo habría soñado: al salir, se topó con un señor bastante malhumorado que de un manotón la hizo ir a dar contra una ventana. De camino a su trabajo, en el basurero local, no dejaba de pensar que su día sería diferente, podía sentirlo de tal manera que todos su vellos se erizaban de sólo volver a asomar la idea. Ya en el trabajo, afanosa como era, se dedicó como ninguna otra a seleccionar los mejores montones de basura; era toda una experta y siempre lo había demostrado, así que hoy no sería la excepción. 


Ya al final de la jornada, en la tarde, luego de un descuido involuntario, tropezó de frente con un rociador áereo de insecticida. Luego del sopor y el mareo inicial, siguió su trabajo con ahínco, era muy resistente y un simple olor fuerte no iba a detener su vuelo; además, ya estaba por terminar su turno y pronto se reuniría con sus compañeras en el callejón sin luz. Le prometieron un festín y ella no se lo perdería por nada del mundo. Culminadas sus labores, Leticia –entusiasmada y contenta- decidió tomar un atajo en el camino a su fiesta nocturna. Estaba un poco cansada y con algo de mareo. Debía ser por el insecticida que inhaló, ¡cosa rara!, porque no solían afectarla mucho los químicos y ya estaba bastante acostumbrada a ellos. No voló por las rutas normales, quería evitar el tráfico y las corrientes súbitas de aquella noche fría. Volvió a sentirse cansada y decidió acortar aún más el camino, atravesando por una casa. De pronto, le falló la respiración y un ligero mareo la hizo tambalearse; se sintió desorientada cuando de pronto una joven apagó las luces. Dio varias vueltas buscando ubicarse nuevamente, se recostó por unos instantes de una gran pantalla iluminada y trató de continuar cuando, de pronto, sintió un impacto avasallante. Y ya no pudo levantarse para continuar. Leticia intentó moverse con las pocas fuerzas que le quedaban pero, al voltear para ver por qué su cuerpo no respondía, alcanzó a ver parte sus entrañas esparcidas a poca distancia. ¡Sí, al fin éste sí era un día especial, no se había equivocado aquella mosca tan perspicaz! Era el día para morir a medianoche, de un manotazo involuntario, en la brillante pantalla de una minilaptop, a escasos metros de su destino!

No hubo funeral, nadie se enteró de su muerte sino hasta días después, cuando sus compañeras consiguieron su cuerpo desmembrado en una bolsa en el basurero… ¡Y fue todo un festín para sus amigas!