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viernes, 31 de mayo de 2013

Soliloquio Virtual I

Soliloquio Virtual I


Amaneció nublado (me gusta así).  Me provoca tomar café (no soy "cafecera"), un "teterito":  un poquitín de café muy oscuro y una buena pinta de leche muy cremosa, ¡leche con café, pues!  No creo que me lo tome, por lo de la leche.  Creo que mejor me quedaré una rato más dormitando junto a la ventana, disfrutando de la brisa fresca y tratando de recordar si anoche vino el personaje que me inventaste.  Amanecí cansada y sin recuerdos.  Ha de haber sido él (a algo hay que aferrarse para evadir algunos males).  Sí, un café estaría bien; ¡y unas galletas de mantequilla!  Las hago en un tris, con ralladura de limón, ¿sabes?  Creo que a ese personaje habrá que ponerle un nombre.  No porque exista, que existe desde el momento que le hemos dado espacio en la conversación, sino por comodidad.  Sí un nombre, para contarte con quién tomé ese café en mis fantasías y a qué le supieron las galletas que nunca pude comer.

jueves, 30 de mayo de 2013

Amor emético

Amor emético

Raquel entró al restaurant sonriente y radiante.  Era un reencuentro, en San Valentín, con sus antiguas compañeras, a quienes no veía desde su matrimonio, nueve meses atrás.  Una sola mirada bastó para saber que el hombre hundido en los brazos de su amiga era Joaquín, su amante y fiel esposo.  El que hacía revolotear las mariposas en su abdomen.  Ella lo presentó como su futura pareja ante la mirada atónita de Raquel y la respiración contenida de Joaquín.  Y de pronto, ante la mirada sorprendida de sus amigas y el espanto del maitre, hizo una gran arcada y comenzó a expulsar un vómito amarillo que no caía…  ¡volaba!  Entre arcadas y oleadas de mariposas amarillas que manaban sin control de su boca, escapó del lugar y corrió calle abajo.  La ciudad fue declarada en emergencia: en solo minutos, millares de mariposas amarillas plagaban los jardines, las casas y oficinas.  ¡Era San Valentín y a Raquel el amor le daba asco!



lunes, 20 de mayo de 2013

La Voz de la Muerte

La voz de la muerte


Viene cada mes y toca su timbre.  Tiene una voz agradable y muy varonil.  Su dicción es muy aceptable.  Y demuestra tanta cortesía que a veces resulta chocante. Nunca le he visto, ¡no me atrevo a asomarme a la ventana!, aunque sería muy fácil.  Para mí es solo eso, una voz, ¡la voz de la muerte!  Oigo cómo le formula preguntas personales, le increpa de sus gustos y hasta se atreve a pedirle su número de teléfono. A ella, a mi vecina, le gusta.  Se le nota en la voz y en la risa (su tono no suele ser el mismo con el que grita a los niños que cuida).  Sólo oigo su risa una vez al mes.  Cuando ocurre esta visita furtiva, a media mañana, cuando no hay casi nadie en el vecindario.  Y su tos cada vez más sonora de fumadora crónica, rompe el silencio de la media mañana e interrumpe esa placentera risa.  Respira. Se calma.  Es así cada treinta días.


Hoy volvió la voz a casa de mi vecina.  Siempre con un bolso cargado de regalos.  La endulza, la prepara lentamente.  Y hubo risas, flirteos, comentarios.  ¡Y esa voz!  Una voz que parece entrenada para hacer sonreír, para responder a sus requerimientos.  Ella, mi vecina, cede.  No le importa la reiteración de las preguntas, responde presta y con gusto porque sabe que obtendrá su premio como el mes pasado, como el mes próximo.  Solo por eso contesta y sonríe…   y suspira ansiosa.  Termina la entrevista, ya la muerte deja su legado, su cuota de inversión progresiva y mi vecina la recibe, sonriente.  Se va la voz y ella, mi vecina, abraza a su paquete de cajetillas de cigarrillos, ansiosa de que llegue el próximo mes.  Feliz de haberse ganado un regalo más de la voz.  Tose y se ahoga.  Y cierra la puerta sonriente.